El futuro
en blanco
y negro

Revelar en casa mientras los demás duermen. El proceso analógico como acto de autonomía y de presencia.

Hace unos meses disparé mi último carrete color y, paralelamente, llené de carretes blanco y negro la nevera.

Siempre me gustó el B&N pero me costaba resignar la viveza del color, la sensibilidad que aporta, lo que sensorialmente me genera.

Hasta que algo pasó, aún no sé muy bien qué, pero empecé a sentir más honestidad al disparar en b&n. Y de repente ese dilema se empezó a desvanecer, y tuvo todo el sentido del mundo disparar el último carrete sabiendo que lo era.

Aún no lo revelo, pero tengo ganas. En él hay registros de mi puerperio, algunos simbólicos, muchos ya olvidados pero que cuando reciba los negativos digitalizados revivirán y seré muy feliz, como cada vez que miro escaneados por primera vez.

Pero vuelvo al blanco y negro, porque es lo actual. Es el carrete que tengo cargado y también los últimos que revelé.

Esto tiene mucha importancia para mí:

cuando disparo en blanco y negro puedo revelar en casa. Y es una alegría tremenda.

Los últimos dos carretes los revelé un domingo, después de disparar las últimas fotos mientras juntábamos mandarinas del árbol. Estábamos los tres en casa, y mientras yo revelaba, ellos bailaban.

Mientras cocinábamos y comíamos, los negativos se secaban en el baño.

Y mientras todos dormían, yo escaneaba cada foto, impacientemente mirándolas a medida que se cargaban, sintiendo eso que se siente cuando uno se reencuentra con una imagen que ya ha visto, y que también ya ha sentido.

Revelar en casa justifica la ausencia de color, y reivindica la autonomía del proceso.

Que mis imágenes son mías, que nuestras imágenes son nuestras.

Entregarse al destino fotográfico

La verdad, siempre que doy clases de revelado explico las cosas de manera distinta a las que yo las hago.

No lo puedo evitar: no revelo con cautela. Lo hago cuando me viene, como un llamado místico inspirado por la urgencia de ver esas imágenes encerradas, latentes en el negativo.

Y cuando lo hago recopilo materiales, me escondo en el cuarto oscuro a rellenar el tanque y salgo. Apurada normalmente, con el nervio del revelado que siempre me viene, da igual cuántas veces ya lo haya hecho.

Y me olvido de todo.

Entonces vuelvo a mis apuntes, confirmo tiempos, temperaturas. Elijo música, y entonces cuando está todo desplegado en la cocina, ahí respiro.

Y me vuelvo a olvidar de todo. Lo esencial está apuntado en la nota que hice rápido mirando apuntes.

Está el cronómetro, y el agua cerca. Pero sobre todo está la emoción y esa cosa de entregarse al destino. Disfrutar el proceso, como quien entra en una vorágine mágica —que lo es.

Revelar es varias cosas: atención, cuidado, orden y delicadeza —como me cuesta esta última. También es confianza, paciencia y nervio. Pero sobre todo es magia.

La fotografía introspectiva, cuando se junta con la experimental y artesanal, es un viaje de los buenos.

El lenguaje oculto de los errores

Cuando miro mis fotografías, en general, las miro como buscando mensajes. No todas, pero casi, me traen mensajes. A veces instantáneamente, otras a lo largo del tiempo.

Con las fotografías blanco y negro siento que además hay algo que descifrar. Como si mirarlas y leerlas no fuera suficiente. Hay que dar tiempo, cambiar de perspectivas, volver a ellas desde diferentes pieles.

Estos dos últimos carretes que revelé eran distintos. Uno tomado con una de mis mejores cámaras —aunque sea la que el foco ni el fotómetro funcionan— y otro con una de las cámaras point&shoot de plástico que tengo.

Noté muchísimas diferencias, porque la cámara buena lo que tiene es un lente hermosamente hermoso. Y la de plástico de día funciona muy bien, pero con luz artificial es desastrosa.

Aun así, los errores que hubo —en el disparo, la exposición, el foco e incluso el escaneado— los admito como parte. Son parte de ese código, y están ahí para decir algo.

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